UN APARTAMENTO EN BABEL, 4
La suerte de Titono*
Once poemas griegos sobre la vejez
Titono es uno de los personajes más desdichados de toda la mitología. La diosa Eos, su amante, ruega a Zeus que le conceda el don de la inmortalidad, pero olvida incluir en su petición aquello que podría hacer soportable la perspectiva de lo eterno y sostenible la pasión de una diosa: la juventud. Titono se consume interminablemente y acaba depositado en una cuna como un insecto seco. Eos, personificación de la aurora, había sido condenada por Afrodita a sufrir, también eternamente, sucesivos enamoramientos: la eternidad se convirtió en un ingrediente de los castigos de los dioses.
El destino de Titono es un relato más de los griegos sobre la gloria de la juventud. George Minois, en su Historia de la vejez, escribe a este respecto: “Para un pueblo que busca la perfección humana, la belleza, el desarrollo de todas las facultades de la persona, ¿cómo clasificar la vejez en otro lugar que no sea el de las maldiciones divinas?” El anciano fue necesario en las sociedades orales. En la épica aparecen venerables consejeros ancianos –el Néstor de la Ilíada -, aunque su respetabilidad parece proceder antes de su calidad de antiguos héroes que de su condición de viejos. La educación de los aristócratas se articuló sólidamente en torno a la relación entre un hombre maduro y un adolescente: la edad acumulada se traduce en sabiduría transmisible y dignidad. Con el desarrollo de las ciudades, este papel se desdibuja. Platón, en la ciudad imaginaria de Las leyes, llega a aprobar un consuelo etílico para las tribulaciones de la edad: sólo se permitirá que se embriaguen los mayores de cuarenta años. El vino es el regalo de Dioniso que mitiga la austeridad de la vejez. Pero llega Aristóteles con su atosigante claridad: los ancianos “son de espíritu mezquino, porque han sido humillados por la vida”.
En los poetas aquí traducidos se deja oír –salvo en Solón- una temprana queja desnuda y mordiente, una amargura sin paliativos. La vejez no es más que una enfermedad incurable. A veces hay un diálogo cruzado entre los poetas: Semónides retoma a Homero, Safo discute con una rival y Solón replica a Mimnermo. Otras veces, despiadados, se dirigen a sí mismos con una rigurosa lucidez. Todavía podemos suscribir su desasosiego.
Aurora Luque
1
Igual que se generan las hojas de
los árboles, así el linaje humano:
de las hojas, unas derrama el
viento sobre el suelo, y otras hace la selva
brotar y despuntar cuando llega su
hora y su estación;
de las generaciones de los hombres,
una florece y otra ya caduca.
Homero, Il.VI 146-9
2
Aquí está lo más bello que pronunció el de Quíos:
“Igual que se generan las hojas de
los árboles, así el linaje humano”.
Pocos mortales abren sus oídos e incorporan
esto a su propia entraña: alienta
una ilusión en cada uno
que pone su raíz en pechos jóvenes.
Cuando un hombre posee la
amantísima corola de la edad,
con frívolo talante planea inabarcables vanidades;
no sospecha que habrá de envejecer
ni que habrá de morir,
ni, sano como está, pone su pensamiento en el dolor.
Necios quienes así ocupan su mente,
sin querer entender
lo escaso que es el tiempo de vigor y de vida para el hombre.
Mas sé lúcido tú: atrévete a
arribar al confín de tu vida
deleitando tu espíritu en placeres.
Semónides, fr.1 Adrados
3
A Titono dio Zeus como destino un
mal inextinguible:
la vejez, más temida que la muerte siniestra.
Mimnermo, fr. 4 Adrados
4
¿Qué modo de vivir o qué placer
habrá sin Afrodita?
Muerto quisiera estar cuando ya no me importen
ni la pasión furtiva ni la cama ni
los favores dulces como miel
-flores de juventud tan codiciables
para hombres y mujeres. Y es que
cuando penosa se abate la vejez
que vuelve repugnante incluso al hombre hermoso
le desgastan sin tregua el corazón
los sórdidos problemas
y no siente placer al ver el sol radiante; a los muchachos
se hace odioso, y desprecio se gana
entre las jóvenes.
Así de dura hicieron los dioses la vejez.
Mimnermo,
fr.1 Adrados
5
Ojalá sin dolencias ni duros
sufrimientos
nos llegue a los sesenta la hora de morir.
Mimnermo, fr.6 Adrados
6
Si me escuchas ahora, suprime ya
ese verso,
no te niegues por celos si acerté más que tú.
Rectifica, poeta delicado, y canta
esto:
“Nos llegue a los ochenta la hora de morir”.
Solón, fr. 22 Adrados
7
Vive la juventud, corazón mío.
Pronto los hombres
otros serán; yo seré –muerto ya- tierra negra.
Teognis, vv. 877-8 Adrados
8
Vuelve a mirarme Eros con sus
pupilas lánguidas
que asoman bajo párpados oscuros
y con miles de gestos seductores
a las redes de Cipris sin salida me
arrastra.
Tiemblo cuando se acerca
como añoso caballo de carreras que
al llegar la vejez
uncido a carros rápidos
sin quererlo marchara hacia el
certamen.
Íbico, fr.6 Page
9
Y muerta yacerás, y no habrá un día
ni un recuerdo de ti
ni nunca ya más tarde, porque no
participas de las rosas
de Pieria. Mas, invisible incluso
en la mansión de Hades,
irás errante entre apagados
muertos, caída de tu vuelo.
Safo, fr.55 Voigt
10
Otra vez su pelota color púrpura
me arroja el rubio Eros
y me invita a jugar con una niña
que calza unas sandalias de
colores.
Pero ella –que es de Lesbos
la de las nobles calles- cuando ve
mi pelambre
ya blanca, la desprecia
y entreabre su boca en pos de otra.
Anacreonte, fr.13 Page
11
Canosas ya mis sienes
están, blanco mi cráneo,
de encanto juvenil
no queda nada: sólo
dientes cariados,
y a la vida, que es dulce,
le queda un corto plazo.
A menudo sollozo
espantado del Tártaro.
Un antro abominable
el de Hades. Doloroso
es bajar. Que no vuelva
quien baja es lo fijado.
Anacreonte, fr.50 Page
*Publicados en la revista Clarín (“La suerte de Titono. Poemas griegos sobre la vejez”, Oviedo, 2000.
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